Monday, May 02, 2005

Abstención y voto en blanco en la historia reciente


El abstencionismo varía en su significado de acuerdo con el grado de madurez de democracia alcanzada en el lugar o país que se trate (democracias estables y desarrolladas, o democracias en transición).
En las elecciones para gobernador del 15 de setiembre de 2002, el binomio ganador, Díaz-Aragonés, representó el 38% (198.566 sufragantes) de un total de 517.358 electores habilitados. Aquel día dejamos de asistir a las urnas 207.364 ciudadanos, lo que representó el 41% de abstención, significando el porcentaje de votantes más bajo desde 1983. Hubo además 11.039 votos en blanco y 5485 votos nulos (1).
El abstencionismo
El reciente pasado feudal, acompañado de estridentes deformaciones de la construcción del consenso democrático, había dispuesto en la sociedad civil de una cierta indiferencia hacia los asuntos que atiende la clase política, y como sistema autoritario, impulsó el abstencionismo, en tanto estrategia política, coartando, conteniendo y desmotivando la intervención civil en los asuntos de gobierno, con lo cual constituyó un cierto tipo de individuo que percibió en la acción de Estado una manifestación del altruismo que caracterizó a los funcionarios en turno y, en la dinámica política, un ámbito ajeno a su actuación particular. El individuo se desentendió de los asuntos de la administración pública y se recluyó en sus intereses privados (actitud que encontró su plenitud con el menemismo y su salvaje ola neoliberal), lo que resultó en un agente ideal y funcional al depuesto régimen.
El abstencionismo varía en su significado de acuerdo con el grado de madurez de democracia alcanzada en el lugar o país que se trate (democracias estables y desarrolladas, o democracias en transición).
Santiago del Estero vive una transición, y para tal nos ayuda el concepto de Bobbio, quien expresa: “En los lugares en transición democrática la apatía política significa muchas cosas, menos conformidad, acuerdo o consenso con la actualidad del sistema político. El abstencionismo denuncia, en estos casos, un cierto desencanto y desconfianza en la pertinencia, confiabilidad y funcionalidad de la práctica democrática, es decir, la ausencia del compromiso ciudadano, a través del ejercicio electoral, cuestiona la legitimidad de la democracia como una estrategia real de intervención de la sociedad civil en los asuntos de gobierno, sobre todo en el terreno económico” (2).
El voto en blanco
Las elecciones para convencionales constituyentes del 28 de julio de 1957 representan uno de los hechos más curiosos de la vida política argentina: el triunfo del voto en blanco. La Revolución Libertadora había derogado la Constitución del 49, había repuesto por decreto la de 1853, y ahora aspiraba a reformarla. El peronismo estaba proscrito: el gobierno optó por hacer de cuenta que no existía y convocó a elecciones sin permitirle participar. Desde el exilio, Perón reclamó a los peronistas que votaran en blanco. Y así fue como venció el voto en blanco con 2.115.861 (25%), un sector del pueblo había sido silenciado, y estaba inhibido de expresar sus convicciones libremente.
Recientemente, en España, en las últimas elecciones -2004- al Congreso de los Diputados, votaron en blanco 366.823 ciudadanos. Un movimiento ciudadano crítico que se ha constituido como partido político formado por personas independientes, no profesionales de la política, y abierto a la participación de todos los ciudadanos, propone la modificación de la actual ley electoral vigente, para que estos ciudadanos tengan la visibilidad y representatividad que corresponde a esos 366.823 votos en blanco. Autodenominados Ciudadanos en Blanco, proponen una ley del voto en blanco computable y a tal efecto reclaman que el voto en blanco existente se visibilice y se signifique. El voto en blanco es un voto responsable de ciudadanos que por diferentes razones de conciencia no se sienten representados por los partidos políticos existentes. Aun en el actual sistema electoral, el voto en blanco no se significa, se ignora. C.B. promueve la visibilidad y representatividad de ese voto crítico.
José Saramago, premio Nobel de Literatura 1998, en su novela “Ensayo sobre la lucidez”, cuestiona la caricatura de la democracia en que vivimos. La ficción se centra en unas elecciones municipales en una ciudad sin nombre en las que se impone por más del 83% de los sufragios el voto en blanco, resultado que provoca un verdadero terremoto político.
En relación con su novela, el 28 de abril de 2004, en Madrid, un periodista de la agencia AFP le realizó las siguientes preguntas.
P: ¿El voto en blanco es antidemocrático? ¿Qué razones lo justifican hoy?
S: El voto en blanco es igual de democrático que cualquier voto expreso. Si el voto en blanco asusta a los partidos es precisamente por ser democrático. El elector que vota en blanco no puede ser acusado de subversivo, es sencillamente alguien que no está satisfecho con el funcionamiento de la democracia y escoge esa manera de expresarlo. Sólo falta probar su eficacia real.
¿Para qué engañarse? Vivimos en una democracia secuestrada por el poder económico, esto todo el mundo lo sabe. ¿Fueron los gobiernos los que decidieron hacer del empleo precario algo que se convertiría en “normalidad” social y el contrato basura en operación corriente? ¿O ha sido el poder económico que, en nombre y para mayor gloria del santísimo Lucro, lo ha impuesto a los gobiernos y a toda la sociedad? ¿De dónde cayó esa plaga? ¿Del cielo o de los señores del dinero?
“Es como si los políticos actuales hubieran secuestrado la democracia. Que alguna vez esa resignación estalle en pedazos”.
El escritor finaliza expresando: “La novela no se sitúa en ningún país, pues creo que en todos puede ocurrir”.
Y en Santiago, ¿en qué condiciones llegamos al actual escenario electoral?
Arriesgamos la siguiente reflexión -la cual nos parece unificadora y representativa de un sector importante de la sociedad civil-: si entendemos como escenario electoral al conjunto de acciones y circunstancias institucionales, originales y conexas, que desembocaron en el actual calendario electoral, ya definido y en parte ejecutado, no podemos, cuanto menos, dejar de reconocer que del mismo participa un gran sector de independientes, a quienes los embarga un estado de ánimo caracterizado por una importante dosis de escepticismo y desazón. Repasemos los motivos: 1- La Corte Suprema de Justicia de la Nación, el gobierno nacional y su delegación federal -con diferentes grados de compromiso- abortaron una demanda legítima de un gran sector de la ciudadanía, que es la reforma de la Carta Magna. 2- Los políticos oferentes con posibilidades ciertas de gobernar los destinos de la provincia no logran sintonizar con un amplio sector de la ciudadanía independiente, la cual aspira a un verdadero cambio sociopolítico de Santiago del Estero. Estilos y viejas formas se muestran intactos. 3- A los candidatos con posibilidades concretas aún no se les avizora la intención, mucho menos la convicción, de definirse claramente en lo que respecta a la futura relación con los grupos de poder económico. Ninguno habló de: acotar, neutralizar, “poner en regla” (entiéndase ponerles límites, evitar la expropiación de ingresos, revisar las concesiones de beneficios monopólicos y de beneficios fiscales), tampoco hablan de la implementación necesaria de mecanismos de control tanto en aspectos normativos, como de la urgente necesidad de organismos reguladores idóneos, no hubo anuncios serios de promoción de inversiones de grupos empresarios con capacidad de riesgo, ni sobre la creación de condiciones que favorezcan la igualdad de oportunidades para amplios sectores de la sociedad, promoción de inversión en capital humano, promoción de las actividades económicas productivas, etc. Finalmente no hubo una definición clara y pública respecto de la concentración de empresas de servicios de diversa índole: medios de comunicación -TV, gráficos y radio-, bancos y compañía de seguros, empresas de servicios públicos -distribuidoras de agua y energía eléctrica, juegos de azar, empresas constructoras de obras civiles y viales, etc.-, habida cuenta de que muchos de los ingresos de estas empresas prestadoras de servicios están asociados y garantizados por el presupuesto del sector público tanto provincial como de diferentes municipios.
¿En qué momento de la historia santiagueña nos encontramos? L. A. Auat expresa: “El fulanismo en nuestra política no se reemplazará de la noche a la mañana, al comienzo del posjuarismo otros fulanismos le siguen en camino. Pero ¿cuál es el cuadro de posibilidades que encontrarán? ¿Qué funciones desempeñarán en él?
La cuestión no pasa por cambiar de ‘fulanos’, sino por darles un cuadro de posibilidades que modifiquen sus funciones. Modificar la lógica política es el desafío de nuestra hora. Pasar de una lógica patrimonialista a una lógica de lo público, de una lógica hegemonista y excluyente a una lógica del diálogo, el pluralismo y la participación. Y esto es cosa de todos los sectores, de todos los ámbitos y de todos los momentos. En cada gesto y en cada acción se juega alguna lógica. Modificando las lógicas de nuestras acciones, se va configurando otro cuadro de posibilidades” (3).

Perón y el voto en blanco contra los militares

Las elecciones de 1957 representan uno de los hechos más curiosos de la vida política argentina: el triunfo del voto en blanco. La Revolución Libertadora había prohibido mencionar al general Perón. Los militares habían derogado la Constitución del 49, habían repuesto por decreto la de 1853, y ahora aspiraban a reformarla. El peronismo estaba proscripto: el gobierno optó por hacer de cuenta que no existía y convocó a elecciones sin permitirle participar al partido mayoritario. Desde el exilio, Perón reclamó a los peronistas que votaran en blanco. Y así fue como venció el voto en blanco, voz de la mayoría silenciada, de un pueblo que estaba inhibido de expresar sus convicciones libremente. Si se suman los casi dos millones de votos de la Unión Cívica Radical Intransigente, partido que fue a elecciones con la postura de impugnar la legalidad de la convocatoria, queda claro que la gran mayoría de los votantes consideraban que la Revolución Libertadora no tenía ningún derecho a convocar a una reforma de la Constitución Nacional.

Sunday, April 10, 2005

Un derecho de los colombianos

Por Juan Manuel Ramírez Pérez Magistrado del Consejo Nacional Electoral de Colombia
Magistrado del Consejo Nacional Electoral
Entre las diversas opciones que pueden encontrar los electores en los respectivos tarjetones, está la del voto en blanco. Es necesario, sin embargo, aclarar que el voto en blanco consiste en marcar la casilla que figura en el tarjetón con esta opción electoral. En otras palabras, votar en blanco no consiste en dejar de marcar el tarjetón porque, en este último caso, se produciría un voto que no tiene validez. También es importante precisar que no se puede marcar la casilla del voto en blanco y, a la vez, la de alguno de los candidatos que figuran, porque sería un tarjetón con dos marcas que, igualmente, invalidaría el voto. Finalmente, cuando el elector recibe varios tarjetones porque se trata de elecciones para diversas entidades, puede votar en blanco en un tarjetón y marcar un candidato en otro tarjetón.El voto en blanco es un voto válido y por lo tanto tiene algunas aplicaciones importantes. La primera, es que se contabiliza entre los votos que son depositados con intención de participar en las elecciones y, en consecuencia, no se pueden considerar como parte de la abstención electoral. Indica, por el contrario, una inconformidad expresa frente a los candidatos que se presentan para las respectivas elecciones. Por otra parte, el voto en blanco se contabiliza para efectos de aplicar el cuociente electoral en aquellas elecciones en las que se vota por listas. Esto quiere decir que para saber quiénes son los elegidos de las listas que se inscribieron, se debe dividir el número de votos válidos (entre ellos los votos en blanco) por el número de curules a ocupar. El resultado de esta operación es el cuociente electoral. Así que cuantas veces quepa un cuociente en las listas determina un renglón elegido. Si quedaren curules por ocupar, se irán asignando a las listas o renglones que, sin alcanzar el cuociente, tengan el mayor número de votos en orden descendente, que es lo que se conoce como residuo electoral. En las elecciones presidenciales, el voto en blanco tiene una gran importancia para determinar si algún candidato puede resultar elegido en la primera vuelta, en la medida en que obtenga, por lo menos, el 50% más un voto de los votos válidos, es decir, de la suma de los votos por candidatos más los votos en blanco que se depositen en las urnas electorales.

Wednesday, April 06, 2005

QUE SE VAYAN TODOS (Argentina)

[...] Volvamos al tema de la crisis política de representación. Estalló en diciembre de 2001, pero para los que quisieron verla era perceptible de modo incipiente y luego de modo cada vez más manifiesto en los últimos cinco años del decenio menemista y en los dos años de gobierno de la Alianza. Por ejemplo, los comicios del 14 de octubre del 2001, con sus altísimos índices de ausentismo, voto en blanco y voto impugnado, habían representado un anuncio claro. Son aquellos mismos, los que “han creído” pero ahora, defraudados, “ya no creen en la política”, sumados a los jóvenes que han crecido en un mundo donde la política está devaluada, quienes salieron a la calle en las jornadas del “verano caliente” de 2001-2002. Hasta pocos años atrás, el voto en blanco, el impugnado o el ausentismo eran casi una expresión individual e impotente de descontento político. Sumados, a la hora del escrutinio, podían adquirir una significación colectiva, política. Sin embargo, la “clase política” y los medios masivos tendieron durante años a negarlos. El 14 de octubre de 2001 su impacto fue inocultable. Desde entonces, en dos meses, el llamado –por aquellos mismos medios– “voto bronca” ha dejado de ser pasivo y se ha tornado activo, ha trascendido del cuarto oscuro a las calles. A lo largo de estos años, creció –especialmente entre la juventud que llegaba entonces a la vida cívica (aunque también entre hombres y mujeres que votaron por Menem y De la Rúa y se sintieron decepcionados)– un fuerte sentimiento de desconfianza hacia la política y los políticos. Es el producto de un proceso complejo, resultado, en parte, de una estrategia de la derecha neoliberal para vaciar la política , pero también fue una reacción legítima ante un vaciamiento creciente de la vida política de los partidos, la vida parlamentaria y de todo el Estado, ante la creciente ajenidad e impotencia entre el ciudadano común y la toma de decisiones políticas. Es así como la consigna “Que se vayan todos” (QSVT), la que sin duda mejor expresa y sintetiza el movimiento nacido en diciembre de 2001, si bien es inventada entonces, tiene raíces en esos movimientos moleculares, libertarios, de crítica de la política, de rechazo del acto eleccionario, de vuelta del votoblanquismo, etcétera. [...]

Wednesday, March 30, 2005

Sobre el voto en blanco

Sencillas reflexiones para la acción

Hace poco se les preguntó, a varios políticos de los partidos en pugna electoral, su opinión respecto de la promoción del voto en blanco. No hace falta recordar en detalle lo que dijeron. Por lógica simple todos se dedicaron a hallarle faltas a la convocatoria y a sus convocantes. Por supuesto, ninguno iba a contrariar la estrategia electoral de su partido -la misma que sabemos consiste en la petición de votos a favor de sus candidatos-. Sin embargo, nos pareció irónico- si no un desperdicio- preguntarles a quienes no les conviene esa opción y no a aquéllos que no participan en uno u otro partido. Las respuestas habrían sido más sustanciosas y mejor lucubradas.

Lo cierto es que el voto en blanco es una opción saludablemente democrática. Un escape, una protesta decorosa dentro de un régimen electoral que no permite más. Quienes la promueven lo hacen con la misma libertad y derecho de aquéllos que piden el voto para un candidato en particular. Su porcentaje, sea cual fuere, no alterará ni en mínima porción el resultado de las elecciones, sin embargo podrá ser lo suficientemente significativo como para enviar un mensaje de disgusto. Entonces, es mera legulería, o falta de conocimiento, rechazar reaccionaria y tajantemente esta posibilidad. Quienes tienen su voto comprometido deben comprender que quien vote en blanco lo hará en la plena convicción de que no desperdicia su voto. Es más, lo hará así después de haber evaluado y analizado fríamente las ofertas electorales y concluido que ninguna de ellas llena sus expectativas de una mejor nación, pues otra vez se advierte su vacuidad y escasa seriedad.

Las características del voto en blanco son muy simples y lo distinguen del voto nulo. Mientras que el primero es la expresión más clara, directa y simbólica de la insatisfacción que el votante siente ante la oferta electoral, el segundo- como protesta sañuda- pierde ese valor al ser considerado un error técnico producto del desconocimiento o la confusión de quien lo deposita. Tal vez si el porcentaje de votos nulos rebasase con creces al de las elecciones anteriores, sólo entonces podría considerársele voto protesta. Pero todo esto es un galimatías que refuerza la tesis del voto en blanco como la mejor alternativa de expresión de quienes aspiran a un verdadero compromiso con la nación de parte de quienes van a gobernarla.

La tarea inmediata es divulgar las bondades del voto en blanco para así despejar las dudas y las confusiones vertidas por sus detractores. Probablemente, de ello dependa la estrategia a seguir en torno a la constituyente. De hecho, ofrecerle a la gente de la calle el voto en blanco como alternativa a la fallida quinta papeleta, nos permitiría medir el porcentaje de insatisfechos con el establishment y canalizarlo- democráticamente- para la construcción de un movimiento social y político lo suficientemente fuerte como para retar la partidocracia e imponer el modelo de asamblea constituyente al que aspiramos. No es utopía, más bien una prioridad que demandará esfuerzo.

Isabel Revollón S.

Sunday, March 27, 2005

Ensayo sobre la lucidez (extracto)

José Saramago
Es domingo de votaciones en la capital pero durante las primeras horas no llegan los electores a las casillas, cae una tormenta, las autoridades explican el abstencionismo por las condiciones atmosféricas, así que deciden repetir la jornada electoral. El nuevo día de las elecciones el clima es perfecto, los ciudadanos acuden a las urnas y votan, es más de medianoche cuando termina el escrutinio de las boletas, el recuento de los votos se transforma en el recuento de los daños, los votos válidos no llegan al veinte por ciento (8 para el partido de la derecha, 8 para el partido del medio y 1 para el partido de la izquierda), cero votos nulos, cero abstenciones y ochenta y tres por ciento de votos en blanco, cunde el desconcierto, la estupefacción, ahora el gobierno debe interpretar la decisión ciudadana, ¿cómo?, ¿cómo se responde a una mayoría que decide ejercer su derecho dejando la boleta en blanco?, simple en la lógica del gobierno, se reprende a la capital con la indeferencia de las autoridades y tras un breve lapso en que se comprueba que no basta, se castiga con el abandono, se condena a los habitantes a quedarse sin gobierno, pues este decide trasladarse a otra ciudad, como los ladrones, escapando en la madrugada.

Un caso Veracruzano


José Antonio Crespo
20 de enero de 2005
(publicado en el Universal de México)
EL lunes pasado, Alonso Lujambio nos trajo a colación un interesante caso de legislación electoral (Reforma, 17 de enero). En el municipio de Las Vigas de Ramírez, estado de Veracruz, la mayoría de los electores decidió votar, para los cargos de alcalde y regidores, por candidatos no registrados por ningún partido político, lo cual es permitido por la legislación de esa entidad (artículo 159).
Pero las autoridades electorales clasificaron las boletas cruzadas de esos candidatos como "nulos", siendo que los artículos 175 y 176 estipulan que durante el escrutinio se distingan unos y otros. Y el artículo 177 define al voto nulo como diferente a aquel en que no se vota por ningún candidato, registrado o no. Son dos conjuntos distintos de votos que la autoridad electoral decidió agrupar en una misma categoría. Los ciudadanos presentaron una impugnación ante los tribunales.
El 28 de diciembre último, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), en un fallo dividido (cuatro a tres), decidió darle la razón a las autoridades electorales veracruzanas en virtud de que los candidatos no registrados no están sometidos a la normatividad aplicable a los registrados, lo que impide fiscalizar sus recursos además de generar una situación favorable a los no registrados.
Lo absurdo es que la normatividad veracruzana permita votar por candidatos no registrados sin someterlos a ninguna regulación para después anular ese sufragio.
Reporta Lujambio que la posición del magistrado José Luis de la Peza (cuyo deceso muchos lamentamos), quien se encontraba en la minoría que perdió la votación, hizo el interesante razonamiento de que los ciudadanos deben tener el derecho de manifestarse en sentido distinto a las ofertas que hagan los partidos.
Y es que normalmente son sólo los militantes, y a veces ni ellos, quienes se involucran en tal nominación. ¿Qué pueden hacer los ciudadanos, en particular los que no son electores duros de un partido, ante una oferta insatisfactoria de candidatos? En tal caso sobreviene un evidente alejamiento entre la ciudadanía y los partidos (brecha que todo indica cada vez se abre más).
Hay algunas reformas que podrían considerarse para evitar ese cada vez más frecuente desenlace, reformas que desde luego no podrán ser aplica das para la próxima elección presidencial, pero que no está por demás plantearlas para un futuro (ojalá no demasiado lejano): 1) Que los partidos abran sus procesos a los ciudadanos, al estilo estadounidense, pues entonces cada ciudadano podría al menos sentir que participó en la decisión del partido con quien más simpatice, aunque su favorito llegue a perder (en buena lid, asumimos).
Pero los partidos políticos son celosos de sus atribuciones y generalmente tienen reticencia de abrir sus procesos que, en tal caso, son más onerosos en tiempo, dinero, esfuerzo y riesgo.
2) Para dar al menos mayor credibilidad en la nominación de los candidatos, los partidos podrían acudir a los institutos electorales (estatal o federal) para que organicen y avalen esos procesos, cosa ya permitida en varias entidades del país.
Pero, de nuevo, los partidos ven en ello una indebida intromisión externa en su dinámica propia.
3) Una legislación exótica para nosotros, pero que funcionó por décadas en Uruguay, consiste en que las primarias de los partidos coincidan con la elección constitucional.
Cada partido presenta un número determinado de candidatos en la boleta oficial (a partir de una preselección) y los electores eligen no sólo al partido ganador, sino a su precandidato favorito.
Si ante la ausencia de tales reformas (o pese a ellas), un ciudadano no se siente identificado con ninguno de los candidatos registrados, entonces debería tener el derecho de expresarlo abiertamente en la boleta, para lo cual ésta tendría que incluir un espacio que especificara "Ninguno".
Y es que la simple abstención, resultado de ese alejamiento ciudadano de las urnas, fácilmente se confunde con el ausentismo por indiferencia o ignorancia políticas (calculado en 30% del electorado). Pero muchos ciudadanos preferirían ir a las urnas, participar en la elección para expresar inequívocamente que ninguno de los candidatos registrados lo convenció.
Un "voto en blanco", permitido y legitimado en varias democracias, de ser numeroso, podría provocar, no una crisis constitucional como la que dibuja José Saramago en su Ensayo sobre la lucidez, pero sí una presión ciudadana para que los partidos corrijan lo que sea menester en su comportamiento político.
El "voto en blanco" tampoco equivale a anular el sufragio tachando la boleta, pues ésta no se distingue de las que son anuladas por ignorancia o equivocación del elector.
Es evidente que el efecto político de un voto nulo por error no es el mismo que el de un voto anulado deliberadamente por el ciudadano.
Se trata de una opción claramente democrática que, supongo, será exigida cada vez más en estos tiempos en que los partidos nos dicen sin rubor que lo que les interesa es el poder por el poder mismo, sin importar para qué, cómo ni con quién conseguirlo.
Profesor investigador del CIDE.
cres5501@hotmail.com

Friday, March 25, 2005

Proponen imprimir voto blanco ante abstencionismo

Notimex
15 de marzo de 2005, San Luis Potosí, SLP.- La asociación política Coordinadora Ciudadana propondrá ante los legisladores que en las reformas a la Ley Estatal Electoral (LEE), aprueben la impresión de "un voto blanco" en las boletas electorales.

El presidente de esta agrupación Arturo Ramos Medellín, indicó que de esta forma, los ciudadanos a quienes no los convenció ningún candidato podrán expresar su decisión en las urnas y ejercer su derecho al voto.

Explicó que esta propuesta nace a raíz de los altos índices de abstencionismo de los últimos procesos electorales, "que son un reflejo de la inconformidad que existe entre la población ante las propuestas que hacen los partidos políticos y sus candidatos".

Destacó que el voto en blanco serviría para que los partidos políticos que ganen las elecciones, tengan un diagnóstico real del sentir de la población.

"Si en los procesos electorales la mayoría son votos en blanco, sería una llamada de atención para los partidos políticos, quienes tendrían que preocuparse por ofrecer mejores propuestas y hacer una adecuada selección de sus candidatos", apuntó.

Asimismo, dijo, el que gane las elecciones estaría obligado a establecer acciones para legitimarse en el gobierno, "porque los ciudadanos a través del voto en blanco, les están mandando un mensaje de que sus propuestas no los convencieron".

ABSTENCIÓN ACTIVA II

Juan Hernández Bravo de Laguna
Universidad de La Laguna (Tenerife)

La abstención activa, en particular el voto en blanco, no sólo es una forma legítima de participación electoral democrática, que no ha gozado hasta ahora del relieve tanto doctrinal como político que, a nuestro juicio, merece, sino que es, además, una variable muy interesante del comportamiento electoral. Pero su importancia se ha visto minimizada probablemente por su escasa incidencia cuantitativa y por la relevancia objetiva que en todo proceso electoral tiene la configuración mayoritaria o minoritaria de las agregaciones de preferencias en orden a la producción de representación, de gobierno y de legitimación, que son las funciones electorales fundamentales. Aquí radicaría la problematicidad de la abstención activa, cuyo crecimiento podría incidir en cuestiones tan radicalmente importantes para toda sociedad democrática como la legitimidad de los gobernantes o la gobernabilidad. Aunque, teniendo en cuenta su componente ya señalado de apoyo o identificación con el régimen político (o, incluso, con la democracia), sería una incidencia cualitativamente diferente de la que tendría un crecimiento análogo de la abstención pasiva.

Es decir, la abstención activa, a diferencia de la pasiva, no cuestiona los procesos electorales democráticos, sino todo lo contrario. Sin embargo, plantea problemas tales como la validez de los actuales cauces de participación democrática en las sociedades de nuestros días y, en particular, de los partidos políticos en cuanto tales y como la idoneidad de los sistemas de garantías de las minorías frente a las mayorías y de los sistemas de control del poder político, y pone de relieve algunas graves disfuncionalidades democráticas, por ejemplo, la denominada partitocracia. En definitiva, puede llegar a convertirse en mayor medida que la abstención pasiva y, sobre todo, con mayor legitimidad que ella, en una necesaria señal de alerta, en un imprescindible indicador del aumento más allá de los umbrales tolerables de los déficits democráticos de una determinada sociedad.

Tuesday, March 22, 2005

Porque votar en blanco

Un voto en blanco, o un voto anulado son votos bien pensados, donde como ciudadanos mostramos nuestro hartazgo frente a la clase política, al tiempo que cumplimos con nuestra obligación de ejercer el voto.
Ni la derecha ni la izquierda han sabido hacer su tarea y por lo regular los partidos de centro, principalmente en México han sido muestras de lo que es el pragmatismo político, franquicias electorales que se venden al mejor postor en aras de recibir recursos.